Viernes en la mañana. Me levanto sintiendo mucha confianza en mí misma. El sol radiante expande mi mente. Me levanto con ánimos de aventurarme. Noto que hace buen tiempo. Me siento con ganas explorar la ciudad. Me visto apresuradamente y salgo de casa muy entusiasmada. Exploro las calles por más quince minutos cuando veo a una pareja; un hombre y una mujer de algunos treinta y picos de años. Yo ando en bicicleta, ellos van a pie. Él, barbudo y un poco tosco. Anda con un look ‘mal arreglado chic’ que ahora está de moda. Él tiene un café helado en la mano. Ella, perfectamente proporcionada de cuerpo. Va vestida con ropa atlética muy ajustada. Parece que va o viene del gimnasio. También ha comprado un café helado.
De repente me percato de que la chica llora. Me acerco sigilosamente. No puede contener su llanto. Mira el vaso de café helado con disgusto y con mucha rabia lo tira a la basura. Cuando me acerco, ella se sujeta la cara con sus manos como intentando ocultar su pena.
Mientras tanto, el hombre trata de consolarla. Se le acerca, asiente con la cabeza y le pone la mano en el hombro. Ella procede a quitarle la mano de encima. Su pena se ha convertido en ira. Empieza a caminar mucho más rápido para alejarse de él. Ella todavía aún llora. Mis conjeturas son correctas; se acaban de dejar. Entonces me pregunto que a quién se le ocurre romper con alguien un viernes a las nueve y media de la mañana. Como si hubiera un manual que determinara la hora y el lugar apropiado para estas situaciones. La chica se nos ha ido muy adelante.
Me fijo un poco más en él. Camina muy lento como si fuera a una cita con su oncólogo. Por unos segundos intenta perseguirla, más bien como por obligación que por anhelo. Su cara y lenguaje corporal denotan que ya no hay marcha atrás. Lo miro y veo en su rostro una expresión entre culpa y alivio. Lo miró fijamente a la cara, pero esta vez le hago un gesto de disgusto mientras pienso. «¿A quién se le ocurre romper con alguien antes de tomar café?» para colmo de males un viernes. Mejor después del almuerzo. Sí, un miércoles después del almuerzo.
Luego de perder el interés en el chico, acelero un poco más para intenta acercarme a ella. Le paso a la chica. Todavía llora. No sé porqué esta situación me evoca compasión. Lo que se es qué me siento obligada a querer consolarla. Me vienen a la mente voces de mis antepasados. Todos recitan la siguiente una frase del refranero popular dominicano.
—No te metas en los que no te importa.
Por más que lo intento no me puedo contener. Ignoro las voces y sin titubear le grito.
—Está mucho más buena que él. —Tú eres un diez y ese no llega ni a un seis con buena iluminación y bien arreglado.
Tengo miedo de esperar ver en su rostro la reacción a mi intrusión. Así que acelero y la pierdo de vista. Más adelante veo un hombre que sale de un carro elegante y va cargando un colchón en su espalda. Me decido a seguirlo. Sonrió desdeñosamente y me digo a mi misma, «este verano promete».